Microbiota y factores de riesgo cardiovascular.

Como sabemos, el cuerpo humano es un extenso ecosistema que alberga trillones de microorganismos, los cuales forman la microbiota. De esta enorme cantidad de microbios, la mayor parte habitan el tracto gastrointestinal.

Se estima que el microbioma intestinal, que incluye a la microbiota intestinal y el conjunto de su material genético, contiene una cantidad de genes 100 veces más extenso que el genoma de su hospedador.

A lo largo de millones de años, se ha establecido una interdependencia entre los seres humanos y sus microorganismos simbiontes, de manera que el microbioma intestinal tiene efectos sobre numerosos aspectos fisiológicos de su hospedador. Eso incluye una modulación del sistema inmunológico, la eliminación de toxinas exógenas, la regulación de la función intestinal y el metabolismo de nutrientes.

De esta forma, como podría suponerse, la disbiosis, como se conoce a las alteraciones de la microbiota, tiene repercusiones adversas sobre el estado de salud del hospedador. Además, se ha visto que la composición o funcionamiento de la microbiota intestinal puede verse alterada por muchas de las circunstancias que se identifican como factores de riesgo cardiovascular. Tal es el caso de la edad avanzada, la obesidad, los patrones alimenticios y el estilo de vida sedentario.

A su vez, según se ha comprobado con crecientes evidencias, las alteraciones de la microbiota intestinal ejercen un impacto negativo en el estado de salud cardiovascular.

En cuanto a la relación entre la edad y la microbiota, es bien sabido que el microbioma no permanece inmutable, sino que se modifica de manera importante a lo largo de la vida. En las personas de edad avanzada, la población microbiana intestinal ve reducida su diversidad, y disminuye la población de los géneros Bifidobacterium y Firmicutes, mientras que aumentan los Bacteroidetes y Enterobacteriaceae.

No se ha determinado si los cambios que sufre la microbiota son derivados de la edad por sí misma o de las circunstancias que son más frecuentes en esa población etaria, como el uso frecuente de medicamentos y las hospitalizaciones. Tampoco se ha confirmado que los cambios de la microbiota asociados con la edad tengan una asociación con el riesgo de enfermedad cardiovascular.

Al parecer, el ejercicio físico también incide en la microbiota intestinal, puesto que incrementa la diversidad microbiana y reduce la población de bacterias potencialmente patógenas. Existen evidencias, aunque esto no es concluyente, de que el efecto del ejercicio sobre la microbiota es independiente de la alimentación.

Con respecto a la obesidad, se han realizado diferentes estudios para investigar la relación que tiene con la microbiota; sin embargo, los resultados han sido discrepantes. Según un artículo elaborado por Shabana y sus colaboradores, publicado en Future Microbiology, existen diferencias entre la composición de la microbiota de personas sanas y obesas, pero queda pendiente aclarar si esto es una causa o consecuencia de la obesidad.

Finalmente, los patrones alimentarios son el factor más importante en la composición y funcionamiento de la microbiota intestinal. De hecho, se ha visto que los macronutrientes pueden alterar la composición de la microbiota. Como ejemplo, el consumo de proteínas de origen vegetal se asocia con una reducción de las poblaciones de Bacteroides y aumento de Bifidobacterium y Lactobacillus, lo que se relaciona con consecuencias positivas en la salud. Aparentemente, las proteínas de origen animal tienen repercusiones contraproducentes, al provocar cambios en el sentido opuesto en estas mismas poblaciones específicas de bacterias y relacionarse con aumentos en los niveles del N-óxido de trimetilamina circulante, que se asocian a su vez con un mayor riesgo cardiovascular.

Por otra parte, el consumo de ácidos grasos saturados de cadena larga se asocia con alteraciones perjudiciales de la microbiota, incluyendo el aumento de especies de Bacteriodes y Bilophila. Mientras tanto, el consumo de ácidos grasos insaturados suele tener un efecto protector contra la disfunción metabólica y aumenta la cantidad de bacterias benéficas.

Por supuesto que los carbohidratos tienen un efecto considerable sobre la microbiota. Los carbohidratos no digeribles son fermentados por las bacterias del intestino grueso y generalmente se asocian con una mayor diversidad de la población microbiana, lo que incluye una abundancia de bacterias productoras de butirato; al contrario, la ingestión baja de este tipo de carbohidratos ocasiona disbiosis.